Uno menos

La luz de las mirillas me perforan en la penumbra de los pasillos. Las escaleras me distraen con figuras centelleantes que cambian de forma y desaparecen tan veloces como llegaron.

Mientras subo la confusión se adueña de mi silencio y mi mente empieza a cavilar recordando los motivos de aquel momento.

Mientras sigo mi ascenso por las entrañas del edificio, mis piernas se van tensando haciendo más difícil mi empresa y los brazos me van diciendo la buena idea que sería llegar al suelo.

Es interminable este camino.

Algunas mirillas van cortando sus luces por momentos dejándome saber visto por testigos anónimos que no me reconocerían a la luz del sol la mañana próxima.

Levanto la mirada y siento que escalo el Everest. Mi ceño se va frunciendo y se asienta más en mi memoria, como para no desmallar en mí destino, aquello que me trajo aquí.

Luego de varios pisos me paro frente a una puerta sucia y más oscura que las demás. Luce indiferente ante mí. Me cierra el camino con insolencia.

Toco la puerta con la suavidad que dictan mis nervios. Vuelvo a tocarla…

Se escuchan pasos acercándose pesadamente.

Al abrirse la puerta, sólo su calva dejaba pasar algo de la luz que atacaba desde el apartamento. Aún llevaba parte de su indumentaria obligatoria para los días como hoy.

Luego de preguntarme con cierta calma: ¿en qué puedo ayudarle, hijo?, mi mano salto como un rayo clavando un cuchillo en su cuello, tratando de penetrar lo más posible en él.

Por la fuerza que le aplicaba fui venciendo sus fuerzas acercándolo cada vez más al suelo. No producía más que un sonido que se ahogaba en su propia sangre. Sus ojos se abrían hasta más no poder y su boca igualmente, queriendo gritar.

Ahora la luz del apartamento se abría como un sol quemando mi sombra.

Pude ver como su alzacuello se iba tiñendo de sangre y el resto de su clásica y “santa” indumentaria se iba oscureciendo en un tono escarlata que sólo yo hubiese podido ver de manera tan clara.

Pronto su cuerpo quedó tendido en el piso y su sangre se vertía refrescando mis ansias. Mi rostro estaba calmado, el ceño en perfecta paz con el resto de mí expresión.

Quedé parado frente a él… quise esperar un poco, no sé por qué.

Con el cuchillo en mano y aun goteando, me dispuse a voltearme y al hacerlo me encontré con una madre joven parada en la puerta de enfrente, y con ella un niño de unos 10 o 12 años.

Mi sorpresa fue mayor que la de ellos.

Ella lucía lágrimas de alivio mientras el niño se fue despegando de su pierna con tranquilidad, cuando de pronto el niño mirándome a los ojos me dijo: “Gracias”.

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