El llanto

Lo despertó un llanto desgarrador cuando el alba despuntaba. Era un sonido que dejaba asomar un ahogo desesperanzador que llegaba a los sentidos de cualquiera que lo escuchara.

Aun con los ojos en proceso de perder el peso que guardan las madrugadas en los párpados se levantó de la cama para seguir el llanto hasta su destino.

Sus pasos lentos marcaban con inquietud su camino y, sus manos buscaban despejar el resto del sueño de su rostro.

Ya abierta la puerta de la habitación el llanto era más cercano y lejano a la vez. Sus pies descalzos dudaban el camino a seguir. Guiándose por su oído caminó hacia su lado izquierdo rumbo a las escaleras, y asomándose en mitad del recorrido hacia la parte baja de la casa, aguzó su oído buscando el final de aquel lúgubre sonido.

Algo le confundía, de pronto el hecho de haber despertado hacía tan solo instantes, pero hacia el lado contrario parecía retumbar el lamento de igual manera.

Ya con más uso de su conciencia despierta se dirigió hacia el otro lado con más decisión dejando caer la pereza en su camino.

Pasó frente a la puerta abierta de su habitación ya con paso más firme y con la curiosidad mezclada con una preocupación ajena a él; siempre tan apático hacia los pesares ajenos.

Ya al final del pasillo el llanto se hizo más distante lo que le hizo volver la cabeza con expresión de curiosidad.

Con una repentina molestia decidió volver a su habitación para seguir durmiendo un poco más; al fin y al cabo las horas de labor de un escritor son bastante flexibles.

Al llegar al umbral de su habitación se detuvo durante un par de segundos a ver si localizaba por última vez el origen de aquel llanto tan triste, sin conseguirlo.

Cerró la puerta tras de sí con la fuerza suficiente como para llamar la atención y, por qué no, hacer que callaran o al menos bajaran el tono de sufrimiento.

Se dejó caer pesado en la cama y con un solo movimiento de mano volvió a arroparse.

Trató de recuperar el sueño cerrando los ojos con fuerza, pero no lo consiguió.

Maldijo a la persona que lloraba y empezó a dar vueltas rabiosas en la cama sin conseguir el sueño nuevamente.

Abrió los ojos iracundos y levantándose, esta vez con brusquedad, se dirigió hacia la puerta de la habitación abriéndola de golpe. Con cierta velocidad se dirigió hacia la escalera y bajando los escalones de dos en dos se dispuso a llamar a la casera para ver qué pasaba.

Al llegar al rellano se agachó a ver si lograba ver a alguien, lo cual no sucedió. Siguió bajando hasta llegar frente a la habitación de la casera y controlando su molestia, llamó a la puerta de la manera más amable que pudo.

Nadie respondió a su llamado.

Supuso que la encontraría en la cocina y hacia ella se dirigió ya sin un rastro de sueño.

Al llegar a la cocina, se dio cuenta que estaba desolada.

El llanto, sin embargo, le perseguía hasta atormentarle como si fuera su propia sombra.

Siguió dando vueltas por la casa con la sorpresa de no conseguir a nadie. Su desconcierto aumentaba y su desesperación ante aquel llanto ensordecedor crecía dramáticamente.

Sus pasos se aceleraban y aquella enorme casa de residencia se volvió tan pequeña como nunca lo hubiese imaginado.

Empezó a tocar todas las puertas sin encontrar respuestas, cada vez sus nervios cedían más a la desesperación y su rostro empezaba a encontrar en sus facciones, cabida a rasgos demenciales. Sus pies hacían chirriar la madera de los pisos, de los escalones que a grandes zancadas recorría con desesperación. Gritaba entre iracundo y confundido. Su fuerza se había incrementado y la adrenalina jugaba en su contra dejándole la torpeza en sus piernas.

Pasaron minutos que parecieron horas; sintió haber pasado todo el día recorriendo aquella enorme casa sin encontrar respuesta alguna, sin tropezarse con nadie.

Se venció en una esquina apretando con fuerza sus sienes como buscando exprimir aquel sonido de su mente. Empezó a sollozar incontrolable hasta explotar en un llanto desesperado, desgarrador, hasta que logró desaparecer el motivo de su tormento.

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