El viajero

Siempre impecable, la corbata bien hecha, el traje perfecto, el perfume ideal. Iba de aquí para allá, todo el tiempo negociando, vendiendo cualquier cosa que tuviera oportunidad, incluso asesorando a otros en el oficio.

El regreso a casa, como es normal, era una oportunidad de relajarse y de ocuparse de su lectura, seguramente un libro dejado atrás hace meses, la limpieza de su apartamento al segundo día, mientras esperaba la llamada de siempre, y al tercer día ya salía al siguiente viaje.

Era reconocido en toda Latinoamérica y parte de Europa por lo innovador de los productos que representaba y sobre todo por su técnica de venta tan efectiva. Sus conversaciones anclaban a cualquier persona que caía inevitable en sus charlas casuales.

Un día regresó a casa. Su rutina inquebrantable se hizo presente, abrió la llave principal del agua, la llave del gas, acomodó su ropa en el armario, se bañó con toda la calma que sólo allí podría tener. Salió, se preparó una cena sencilla y luego de ver televisión un rato se durmió

Al día siguiente se levantó más tarde que de costumbre. Se hizo un café mientras escuchaba las noticias; luego se sentó en un sillón de la sala. Había apagado el televisor, lo que dejaba en el ambiente un silencio sepulcral. Su teléfono ese día no sonó.

Se quedó inmóvil en el sillón con la mente en blanco. No tenía en qué pensar ni a quién extrañar. Huérfano de nacimiento y nunca dado a las relaciones amistosas, había pasado parte de su vida entre esas cuatro paredes que sólo  besaban su aliento. Alguna que otra aventura en hoteles de paso le había dejado algunos recuerdos prescindibles de pieles ajenas.

Pasó el día entero sentado en el sillón y nada lo motivó a limpiar aquella vez. Se había quedado en aquel sillón a la espera de una llamada que lo incitara a moverse; llamada que nunca llegó.

Se comió cualquier cosa de cena y se acostó a dormir.

A la mañana siguiente si se levantó de madrugada, como era su costumbre. Tendió su cama, dio alguna vuelta pensando en qué desayunar, tomó un baño y luego se dispuso a hacer el café escuchando las noticias.

Como el día anterior, luego de tomar su café apagó el televisor y fue a sentarse en el sillón esta vez con libro en mano. Leyó quizás un par de páginas para luego cerrar el libro y verse nuevamente sentado en aquella sala donde no pasaba nada; donde nadie llegaría. Miró hacia el teléfono con desconfianza. Nunca habían dejado de llamar al segundo día y así fue. Una breve esperanza de ser llamado ese tercero se adueñó de él por unos minutos para caer de nuevo en el vacío de su soledad.

Pensó en salir a dar una vuelta, quizás tomarse un trago o ir al cine. Vio hacia la puerta y se sintió como en una bóveda que no le dejaría salir. Desistió de la idea de salir y quedó, tal y como el día anterior en aquel sillón dejando que las horas pasaran por él.

Esa misma rutina fue pasando día tras día hasta que dejó de tener noción del tiempo. Dejó de revisar su reloj y perdió el interés en las fechas de los días.

Poco a poco en su sillón empezó a recordar los viajes y las aventuras de paso en cada país. Cada rostro conocido, cada sonrisa. Las vivió como si en ese instante estuviera pasando todo nuevamente. De pronto empezó a experimentar viajes nunca hechos. Empezó a conocer personas nuevas, nuevos destinos. Sintió otros aires besando sus mejillas e incluso se llegó a enamorar por primera vez. Sus ojos no se cerraban y sus dientes se mostraban tímidamente a través de sus labios sonrientes.

Pasó una, dos, tres noches, cien noches de esa misma manera; mirando un punto cualquiera en la pared, viviendo el mundo en tres metros cuadrados, sentado.

Un día luego de un paseo en una playa cualquiera, llegó al nuevo hotel de la desconocida ciudad y por primera vez en mil días sintió cansancio. Se dispuso a dormir junto a su bella acompañante y así lo hizo.

Pasaron mil días más para que un fuerte olor irrumpiera en los pasillos del edificio. Al reclamar los vecinos, el conserje tumbó la puerta y cuando el vaho que salía de aquel apartamento finalmente los dejó pasar sólo vieron a “el viajero” como le decían algunos, sentado en su sillón con una sonrisa breve, los ojos abiertos y una lágrima seca en su mejilla.

Nunca se supo de donde vino ni de alguien que lo reclamara.

Su cuerpo fue enterrado en una fosa cualquiera sin lápida ni dolientes.

Nació al tiempo un diente de león sobre la tumba y el viento de un soplido hizo desprender cada parte de aquella flor dejando que cada una tomara un camino distinto buscando los destinos que alguna vez aquel viajero soñó.

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