La abuela

Era una tarde espléndida. La reunión transcurría con alegría mientras un perfume de pasteles y café llenaban el ambiente.

Ahí estaba la abuela; en el sillón más confortable, su favorito. Escuchando los cuentos de años decrépitos que provocaban risas melancólicas.

Es increíble la memoria tan aguda de la abuela. Con todos sus años y jamás ha olvidado ni el más mínimo detalle de su vida y la vida de todos los que poblaban aquel pueblo pequeño y caluroso.

Su rostro había recuperado una inocencia infantil, y una felicidad nostálgica enjugaba sus mejillas con lágrimas de risas que bajaban repletas de recuerdos. Los rostros que la rodeaban felices la contemplaban ávidos de historias y recuerdos. Le querían y respetaban de una manera merecida.

Interrumpió abruptamente la reunión el sonido de la puerta; era su hijo que llegaba después de un largo día. Venía con el cansancio de los años y el rostro firme de la meditación constante.

La saluda con el tono firme de costumbre: Bendición mamá… a lo que ella contesta con voz trémula: Dios te bendiga hijo…

El silencio cayó sepulcral en la sala y luego de cerrar la puerta el hijo volteó y le pregunta: ¿qué hace?, a lo que ella extrañada no sabe contestar. Se debate entre lo obvio y la extrañeza de no comprender bien ni la pregunta ni lo que debería responder hasta que dice: Aquí compartiendo con la visita mijo… el hijo baja el rostro con la tristeza impotente de la situación inevitable.

Se fue a su cuarto sin decir nada más y cerró la puerta tras su espalda.

La abuela ya sola en el sillón dejó escapar un par de lágrimas más y se levantó sin ningún esfuerzo. Se puso de pie con su postura intacta; su presencia delgada y pequeña no daba mérito a una vida repleta de batallas ganadas. Fue a la cocina por costumbre y luego dio la vuelta y se fue a su habitación. Se subió en su viejo chinchorro a columpiarse mientras veía algún programa en la TV.

A la mañana siguiente salió el hijo de su habitación y poco a poco fue realizando su rutina diaria sin ninguna alteración. Su rostro era inexpresivo y de sus labios no salía ningún sonido más que su exhalación.

Luego de alistarse para salir se acercó levemente a la puerta de la habitación de la abuela que el viento había entrecerrado. Le dio los buenos días al aire y no escuchó respuesta. Una expresión de decepción salió de su boca acompañado con un: ¡¡¡está sorda!!! Sin intentar nuevamente salió de su casa dejando tras la puerta una estela de resignación.

Dentro de la habitación estaba la abuela, aún acostada en su chinchorro con los ojos cerrados y una leve sonrisa en los labios. La soledad le llenaba los espacios.

Allí había quedado dormida, ya para siempre, reviviendo la reunión de la tarde anterior; reunión creada por ella misma, por su bella imaginación que ensordecida de tanto silencio empezó a crear visitas y personajes que le llenaban sus tardes. Nadie se despidió de ella como debió haber sucedido. Pasó la vida buscando la soledad que al final fue la fiel compañera que la arrulló en su última noche en este ingrato pedazo de tierra.

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5 thoughts on “La abuela

  1. Con cada palabra pude percibir e ¿imaginar-recordar? cada detalle en tu historia…Hermano, que bien has podido plasmar en tu corto relato, lo que tu y yo sabemos fueron los últimos días de ése ser tan especial y particular que fué nuestra abuela paterna. Gracias!

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  2. Duele verse reflejado tan fiel y dolorosamente en imágenes que son como suavidades ásperas de la imaginación poética. Es grato el dolor que produce la poesía en imágenes de “realidades” apenas intuidas. Pero la “verdad” está presente para el que tiene ojos que ven y oidos que escuchan… aunque duela la “verdad” expresada tan hermosamente… es lo humano que vive de sueños, expectativas y remembranzas… imposibles…

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