Cuento

Eran eternos juntos. Se fundieron desde el primer beso para no querer más nunca separarse, aunque para ella siempre quedó una esquina de su corazón dominada por la rebeldía y fiel a un misterio incomprensible.

Los días rozaban sus pieles como una cálida ventisca y sobre sus hombros descansaba la liviandad de los años por venir, de un futuro que ofrece sólo sueños.

Joaquín, bohemio y con las letras colgando de su lengua volviéndose verso a su antojo.

Carmela, niña hermosa de sueños fantásticos. Su caminar era un eterno baile que acompañaban las nubes. Siempre con la sonrisa tatuada en sus labios y un te quiero en los ojos que encontraron refugio desde que Joaquín se cruzó en su camino aquella tarde fría en que la lluvia amenazaba y ella la esperaba.

Una noche despejada, en el campo, Carmela se entregó a soñar. Ella sólo vio hacia el cielo y el viento la quiso para él. Sabía que se la disputaría con la luna y las estrellas que aparecían en el cielo sólo para mirarla, pero nunca contó con aquel simple mortal que dejaba primero su vida antes que su amor.

Mientras el viento la seducía levantándola en sus brazos suavemente, Joaquín corría junto a Carmela recitando su amor con desesperación, tomándola con fuerza del brazo mientras el viento poco a poco se la iba llevando.

El viento, con dulzura aumentaba su fuerza para arrancarla para siempre de aquel corazón que le disputaba su amor con furia.

A Joaquín se le escapó de la mano el brazo de Carmela  y se aferró a sus pies

Carmela seguía elevándose poco a poco con los ojos cerrados y una sonrisa fresca que besaba el rocío de la noche. Joaquín se aferraba a sus pies con más fuerza de la que pudo darle la vida mientras gritaba los más hermosos versos que podía crear queriendo despertarla.

Joaquín iba derramando lágrimas en el camino, sus fuerzas no cedían, mas su esperanza se esfumaba igual que su aliento.

Carmela ya entregada por completo a la seducción del viento iba volando más alto, con sus brazos abiertos y el pecho hinchado de ilusión y misterio.

Joaquín no pudo más y sintió cómo se soltó el último dedo del pie de Carmela de sus manos. Cayó arrodillado, vencido, llorando como nunca imaginó, como jamás quiso. La vio desaparecer en el brillo inefable de una noche oscura y lloró hasta quedarse sembrado para siempre en aquel lugar convirtiéndose en piedra de sal abandonada en medio de ninguna parte.

El viento se llevó a Carmela hasta un mundo raro donde sólo él pudo por siempre bailar con ella; lejos de la luna, las estrellas… de Joaquín.

El cielo, que acompaña día y noche a esa piedra de sal, de vez en cuando llueve para refrescar la soledad que le dejó el viento que más nunca volvió.

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