El bárbaro

 

Fue hace muchos años, cuando la guerra estaba en mí como parte de mis huesos y sólo pensaba luego de actuar; pensaba, nunca me arrepentí de nada…

Llegaba a distintos pueblos sin buscar nada. La misión era destruir todo, nunca entendí el por qué, sólo procedía como siempre se me había enseñado y eso era suficiente.

Una vez llegamos a una aldea de colores extraños con un aire espeso y suave a la vez. Había algo impalpable en el ambiente que te hacía sentir en casa.

Como en todas las aldeas por las que pasábamos, no mediamos palabra alguna ni preguntamos por nada ni nadie. Llegamos en tropel con nuestras lanzas sedientas y nuestros ojos ardiendo en un odio tan inclemente como inexplicable. Mientras íbamos recorriendo la aldea dejábamos cadáveres a cada paso de hombres, mujeres, niños, animales… era indiferente, sólo había que acabar con todo…

Algo de pronto me llamó la atención y al mirar al suelo noté que todo aquel que iba cayendo atravesado por mi lanza tenía una sonrisa y una expresión que más bien parecía de placer, no de miedo, ni rabia, ningún otro sentimiento claramente conocido en mis anteriores pasajes.

Paré mi caballo hipnotizado por el rostro de una mujer que parecía estar soñando con la más maravillosa historia que alguien pudiera.

Embelesado por aquel radiante y hermoso rostro bajé de mi caballo. Era eterno el momento, todo era más lento alrededor y crecía en mis sentidos un aire dulce, un viento fresco que adormecía mis sentidos.

Me arrodillé ante la mujer y de pronto un gran perro blanco se acercó a ella y luego a mi con una familiaridad desconcertante.

Escuché una especie de canto alrededor así que levanté mi vista y sólo vi muerte, no había nadie en pie, ni siquiera mis compañeros, todos habían muerto, creo, y de alguna manera sólo yo me mantenía vivo y con una sensación de tranquilidad embriagante.

Me senté con tranquilidad. El perro se acostó en mi regazo y empecé a acariciarlo como si siempre lo hubiera hecho.

Todo oscureció de pronto mas no podía dejar de acariciar a mi amigo.

Sentí un hilo líquido deslizándose por mi sien y no me importó, seguí allí.

Sentí mis propias caricias, vi en el perro un fino hilo de sangre en la cabeza; él seguía con sus ojos fijos en mí, con la profundidad de su mirada llevándome a un estado cada vez más tranquilo, de paz.

Fui escuchando poco a poco el sonido de unos caballos alejándose. Los sabía conocidos, pero ya estaba bien, aquí quería estar, aquí me quedo. Eran mis compañeros que se iban?

Era mi turno de descansar, junto a esta bella mujer y este perro que me recordaba algo que aún no descifro…

 

 

 

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