En medio del desierto

Sentado en medio del desierto sobre mi maleta no es mucho lo que puedo hacer. La polvareda me obliga a entrecerrar los ojos en un intento fallido de protección.

El cómo llegué hasta acá no es un cuento tan misterioso mas largo sin duda y hasta tedioso de pensar.

Alrededor solo existe aridez y un reinante color sepia en el que provoca la sed en todo el cuerpo. Mi boca ya no produce casi saliva y mis labios cuarteados ya se dejan volver rocas vacilantes.

Tengo ya rato en este “descanso” y aún no hay rumbo que me atraiga. Casi hasta puedo sentir el cómo va creciendo mi barba de tanta desolación y silencio.

Me caigo de mi asiento casi a propósito y quedo con las piernas algo extendidas y mi cuerpo encorvado va quedándose sin fuerzas.

A lo lejos puedo ver que se acerca un coyote con paso lento y firme. Viene directo a mi encuentro sin temor ni violencia. No sé de dónde habrá salido, pero eso no tiene importancia; viene…

Ya a medio metro de mí se sienta y sólo se dedica a verme a los ojos como esperando algo. Lo veo mientras mi aliento abandona jadeante mi pecho, no escapa de mi ningún tipo de sonido.

Sólo nos miramos fijamente. Nada ocurre.

El oído se va agudizando cada vez más y la vista se pierde en aquellos ojos salvajes que me devuelven la cortesía.

Pasan las horas, se desvanece la claridad dejando paso a una luz distinta. Nunca hubo un azul semejante rodeándome.

Ya éramos como dos estatuas y aun así no resultaba ni molesto ni doloroso. Mi cuerpo entumecido ya se había adaptado a la anatomía que brindaba el desierto. Fue como fundirse inconsciente e inevitable en aquella nada. Así lo entendía mi compañero, al parecer, ya que nunca mostró intención alguna de irse. Él si cambio un par de veces de posición e incluso en un par de oportunidades me rodeó y casi pude sentir su protección, nunca amenaza.

Pasaban las horas y ya nada corría por mi mente. Era como un simple envase, quién sabe si vacío, ya de mi cuerpo no salía siquiera mi aliento. Mi sangre corría lentamente.

Amanece.

Ya mi cuerpo no siente el calor del sol abrasador que llena de calidez mi entorno.

Mi compañero se acerca suavemente y regalándome su olfato en el rostro me regala una mirada triste, da la vuelta y se va.

Poco a poco dejo de verlo. Queda sólo la quietud de la soledad.

Fui recuperando las sensaciones en la piel; volvió la respiración a llenar mis pulmones de arena caliente.

Lentamente levanté mi maleta y apoyándome en ella logré sentarme como el día anterior.

Luego pude levantarme completamente, tomé mi maleta y me dejé llevar hacia ningún lado, dejándome encorvado en aquel sitio, fundido en el sepia de ninguna parte, con los ojos entrecerrados mirando hacia el infinito.

Algunos le llamarían muerte, pero ellos no están aquí.

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