Muerte

Ya estaba muerto y no era difícil saberlo con tanta gente llorando sobre mi cuerpo vestido de traje y corbata, acostado y con pose de faraón. Extraño fue la poca importancia que me dio todo aquello, sólo iba caminando alrededor del hermoso ataúd que habían elegido para ser mi departamento hasta que mis cenizas quisieran, viendo a toda aquella gente recordando momentos, vacaciones, etc. Era de reírse un rato ya que a más de la mitad, por ser generoso, no las veía desde hacía mucho. Me dolió profundamente el llanto de mis padres, de mi hijo, de mis amigos inseparables ya que no pronunciaban un viaje cualquiera; más bien sería el llanto de la carta que nunca llegará y de la cara que no se volverá a ver.

Con todo el dolor que pude sentir, había una paz en mi increíble.

Vi como se fueron uno a uno, quedándose al final mi hijo con mis padres con los ojos clavados en la tierra que nada les devolvería.

Fui a caminar por la ciudad desinteresadamente ya que nada más se me ocurría, no tenía idea de qué hacer.

Iba un poco cabizbajo, con la mente en blanco. De vez en cuando levantaba la mirada para tropezarme con rostros ajenos. A veces seguí sus miradas sin destino por curiosidad, una que otra vez sonreí al ver algún coqueteo, algún insulto que no salió de los labios.

Caminé la ciudad como nunca en vida.

Sentí de pronto que alguien me tocó el hombro con suavidad. Era una mujer hermosa de cabello muy corto, delgada y con una sonrisa embrujadora de dientes perfectos. Me saludó y como si nos conociéramos de siempre tomó mi mano y suavemente me llevó con ella.

Llegamos a el sitio más extravagante que nunca hubiese imaginado. Éramos muertos de siempre bailando, bebiendo y tratándonos con la camaradería de amigos de universidad.

De pronto fue de noche y fue maravilloso.

Dejé de recordar.

Estaba en una habitación bastante familiar cuando entró una amiga de otros tiempos. Se vestía lentamente con la mirada distante y una extraña expresión que me dejó embelesado viéndola a través del espejo. Alguna vez fuimos amantes. Nos amábamos sin reparos y sedientos como algún par de vírgenes en su primera vez. Estaba vacía, ahora, y sudaba una soledad implacable. Quise tocarla, besarla, pero no fue posible. Era un deseo extraño lleno de una sensualidad que jamás conocí en vida.

Salí a la calle de un vuelo desesperado por no poder hacer nada y me vi rodeado de gente conocida, como si se repitiera mi velorio, pero esta vez estaban entre risas, celebrando cualquier cosa que poco me importó. Iban hablando de sus días, sus noches, sus viajes…

Salí de allí con cierto asco y no hube terminado de salir cuando mi hermosa amiga de pelo corto me esperaba con su rostro perfecto, como si siempre supiera que está pasando.

Nuevamente me llevó a donde quiso; me dejó a orillas de un río. Era bellísimo, reflejaba las luces de la ciudad pero aún en la noche se olía su azul impecable.

Pensé de pronto en toda la gente que alguna vez conocí, que alguna vez amé y sólo pude sonreír porque al fin y al cabo cada quién se va en el tiempo perfecto, la juventud no es temprano ni la vejez tarde.

Regresó iluminando la noche con su caminar perfecto. Se sentó a orillas del río y me invitó a que hiciera lo mismo.

Nos sentamos tomados de la mano y sentí que nos amábamos desde hace mucho. Nunca me hablaba, sólo sonreía y me daba los besos más dulces que existían en este mundo de muertos felices.

Me daba su amor sin reparo ni conciencia.

Como una película, pasaron algunos momentos presentes que no estaba viviendo, de aquellos invitados el día de mi muerte. Todos eran felices y sólo en alguna que otra casa yo era una foto escondida entre adornos.

Qué diferencia vivir y morir si cuando nos recordamos, puede ser que ni nos veamos, aún siendo foto.

Me abracé a mi amante eterna y por un momento la sentí en cada verso que en vida escribí; en cada sueño, en cada beso que nunca dí.

Después de este tiempo extraño por primera vez sentí una lágrima en mi mejilla y cuando extrañado la iba a secar, ella me tomó de la mano y tierna me dijo:”ya vendrás otra vez amor, créeme que te esperaré. Ahora deja que esa lágrima, que sólo de amor puede ser, te lleve otra vez por un rato.”

Un ruido me hizo voltear bruscamente y ya no la sentí, todo desapareció de pronto. Apreté mis manos a mis ojos con fuerza y una pesadez se hizo presente. La felicidad se fue esfumando. Quité mis manos rápidamente y mis párpados, con una pesadez conocida, me indicaron que había soñado nuevamente con el dulce escape que no quería saberme todavía en su infinito beso y al que estaba añorando cada vez con más ansias.

Anuncios

3 thoughts on “Muerte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s