Desde casa.

Acostado boca abajo, llorando inevitablemente con la impotencia en las manos mi cuerpo suda buscando alivio al calor asfixiante que me arde en la frente.

Mis ojos no encuentran manera de volverse muro infranqueable que no deje entrar ni salir nada.

Ya no aguanto y me levanto de un salto. Miro hacia el frente y todo es una bruma blanca, densa, que me sigue golpeando el rostro cruel e implacable.

Logramos resistir, si; pero la indignación no cesa y el efecto de las bombas lacrimógenas nos ahogan en infernales toses. Todos miramos hacia el mismo destino, hacia los guardias que se marchan a recargar para embestir de nuevo contra nuestros hogares defendiéndose de nuestra sed de vivir, que es la única arma que invisible se retuerce en nuestras almas en histeria impotente.

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