Ella en mis manos.

Pasan los días, lo se, me lo dice la tierra de mis labios que me sigue bebiendo en medio de esta oscuridad sobre este viejo sillón que no me juzga ni condena, mientras en mis manos juega el recuerdo de ella.

Siento a Laura cómo si estuviera aquí, a mi lado… cómo la extraño…

Jugábamos cada minuto a ser invisibles; confiábamos en la inexistencia de la vergüenza y poco importaba tropezarse con la idiotez que nos rodeaba.

Cada vez que venía de vacaciones nos encerrábamos en nuestras fantasías y corríamos cortando el viento con las risas. Íbamos por las calles, por jardines ajenos, cruzando parques y sólo importábamos nosotros, juntos, por siempre…

Tenía una sonrisa que dejaba atónito a cualquiera con sus dientes perfectos, de un blanco marfil impecable; sus ojos llamaban al infinito con ese negro que brillaba en la oscuridad y sus manos, delgadas, claras y alegres de las que se desprendían perfectas uñas, hermosos adornos para sus delgados dedos.

Verla era quererla, adorarla, idolatrarla, necesitarla, depender de su hermosura para estar bien.

Un día, estando en su casa, me dijo con lágrimas en los ojos que se iba para siempre, que tenía que irse del país por algún asunto familiar o algo así.

Sentí que se desprendió algo en mí. Los ojos me empezaron a arder nublando mi visión. Desesperado empecé a gritarle mi tristeza, mi certeza de no volver a ser el mismo y de no poder estar sin ella.

Noté miedo en su expresión, pero lo que se desató en mi era más fuerte que mi deseo por tranquilizarla. Poco a poco fui dejando de escucharme, de sentirme, de verla.

Despegándome del suelo mis ojos empezaron a calmarse, mi respiración fue volviendo a su normalidad. En mi rostro sentía una extraña humedad.

La dejé allí mismo, reposando con esa expresión de miedo intacta mientras mi tristeza se iba mezclando con la resignación y así me di la vuelta para irme hacia mi casa.

Extraño, entré de día y me voy de noche.

No sé por qué hablaban horrorizados al encontrarla. Por más que me traje sus mayores atributos, seguía estando bella cuando la dejé. Sé que no entenderían nuestro amor, mucho menos mis razones.

 

Desde esa noche me senté en este sillón. La humedad de mi rostro se secó hasta el día de hoy y presiento que así seguirá.

Sólo conservo en mis manos su presencia robada. Sé que su amor hubiese querido estar así conmigo, sus dedos jugando para siempre en la palma de mis manos, sus dientes mordiéndolas a su vez y sus ojos iluminando la oscuridad de mi casa.

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