Invisible en la plaza

Queda no más el recuerdo de aquello que no llegó a ser. Sentado en la plaza, bebiendo este café llega pronto el punto en que mis lágrimas se deslizan por mi mejilla, escapando de mis lentes que buscan inútiles esconderlas. Me seco con discreción el rostro, viendo distraído como pasan gentes para los que soy completamente invisible y no hago más que divagar sobre mil cosas inútiles que nada aportan a la tranquilidad.

Bebo mi café, amargo su sabor con el temblor de mis labios. Las palabras tiritan en mi mente con un estado febril que las ahoga en conclusiones inertes.

La ausencia suele desmembrarme en públicas plazas, en calles que se abren a mis pasos. Me consienten para que me pierda en ellas. A veces pienso que algún día van a tener la delicadeza de tragarme en su profundo gris.

Termino mi café pero mi cuerpo queda entregado con ayuda del respaldar a la silla que no me permite levantarme. Siguen corriendo mis lágrimas a mares y la mueca de mi rostro ya casi se hace perceptible. Que bueno ser invisible. Es la parte en que, como bien dice Sabina, “esa amante inoportuna que se llama soledad” nos protege bajo su manto.

De tanto llamarla llegó… Me quejaría pero me parece que aceptarla a brazos abiertos es más sano. Nadie me mandó a llamarla con tanta insistencia. Mi drama poético me llevó por estos caminos de no retorno, donde las partidas marcan más líneas que las escasas llegadas que están condenadas, por mi idiotez, a sumarse a las primeras.

En algún momento me pondré de pie, no quiero, pero tendré que hacerlo.

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