Breve momento #2

El reloj marcaba las 4 de la tarde y empezaba el cambio de guardia. El momento era el perfecto, el esperado.

Por las escaleras del jardín bajó ella lentamente, mirando hacia los lados con precaución y con paso lento y cauteloso llegó hasta el césped. Sus pies desnudos sintieron la frescura, verde y húmeda, estremeciendo toda su piel.

Apuró su paso con una pequeña carrera de puntillas hasta el medio del jardín. Dio la vuelta sin siquiera moverse de sitio para observar los alrededores y mientras una dulce lágrima besaba la comisura de sus labios sonrientes se sentó mirando fijamente hacia la puerta que cómplice le había abierto la salida.

Aquel gran marco de madera era como una pantalla por la que salió torpe y alegre aquel joven feliz de mirada infantil.

Al verla en medio del jardín, su cuerpo se enderezó mientras su sonrisa se agrandaba.

Él no tuvo la prudencia de mirar hacia los lados. Su mirada no se desviaba de ella y sin más demora se echó a correr a su encuentro.

En su mano bailaba una botella. Cuando ella la vio su sonrisa se hizo más amplia y sus manos tímidas acudieron a su boca para ahogar una carcajada traviesa.

El nuevo enfermero trabajaba horas extras y recorriendo los pasillos pasó por la ventana justo en el momento en que el joven, botella en mano, iba salpicando agua con su mano  sobre ella. Le daba vueltas como entre brincos mientras ella reía divertida dejándose regar.

El enfermero, cruzado de brazos, veía todo aquello con una sonrisa que se movía entre la burla y la ternura.

Una enfermera que por allí pasaba, se detuvo a su lado a contemplar aquella escena.

-¿Qué es eso? ¿Qué están haciendo?-le preguntó el enfermero.

La enfermera le respondió con sorna.

-¿En qué habitación estás, cariño?

-Yo trabajo aquí-contestó extrañado.

La enfermera, en su duda, revisó una carpeta que cargaba en la mano y lo volvió a mirar.

-Todos los días a las 4 de la tarde, cae un rocío en el jardín justo encima de la más bella flor- le dijo guiñándole un ojo-Espero que nunca se te ocurra evitarlo, cariño.

Aquella escena jamás se borraría de los ojos del enfermero; de hecho, a partir de ese día, todos los días a las 4 de la tarde se asomaba en la ventana para ver aquel amor.

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