Inteligencia Y militar

Siempre tengo algo que decir, que eso me haya metido en infinitos problemas en la vida está lejos de importarme.

¿Qué otra cosa podría hacer si no opinar cuando lo considero…?

Estos pensamientos daban vueltas por su cabeza mientras seguía sentado sin hacer absolutamente nada.

-¿Y entonces?

-¿Qué?

-Habla, es lo único que, al parecer, sabes hacer.

-Opinar, dirás. Decir hablar de manera tan libre suena bastante impreciso.

-Ajá… Opina entonces. ¿Qué quieres?

-Eso sería una petición, no una opinión.

-Ahora resulta que estamos en el colegio, bien bueno…

-No estaría demás un pasada, nunca es tarde.

-Estás agotando mi paciencia, imbécil.

-Los insultos son innecesarios y más a estas alturas, ¿no te parece?

-Yo no soy compadre tuyo, habla con respeto.

-No te he faltado el respeto.

-Me tratas como si fuéramos amigos, eso para mi es irrespeto.

-Irrespeto es decirte imbécil, tutearte, que es a lo que te refieres, sólo es una manera de dirigirme a ti. No considero necesario tratarte de usted ya que eso representa un respeto que no le tengo a mucha gente y, ciertamente, no te tengo a ti.

-¿Quién es que es este payaso?-preguntó dirigiéndose al cabo que firme estaba a su derecha-.

-No sé, mi capitán, parece que escribía vainas raras por internet.

-Ah si…

-¿Vainas raras? Opinión es la palabra que buscan.

El cabo mostró su intención de avanzar violentamente cuando el capitán le detuvo con una mirada firme.

-Quédese tranquilo cabo, que para eso estamos aquí. ¿Qué mierda estabas escribiendo tú que ahora no quieres ni hablar?

-Bastante confusa tu pregunta. No hablo en este momento porque no tengo nada que decir, y lo que escribía es mi opinión acerca de toda la situación, las denuncias que hacen a diario, y un bastante extenso etcétera.

-¿Qué es eso?

-Nada su capitán.

-¿Cómo que su capitán, estúpido?

-Si, porque mío no. Respeto la tendencia homosexual pero no la sigo, con todo respeto.

-¿Me estás diciendo maricón?

-No “te”, “les”. Pero es mi humilde opinión, los lazos formados entre ustedes no me conciernen.

Con un brusco golpe, tumbó al escritor que permanecía atado a su silla.

-¡Levántelo, cabo!

-No te pongas tan impersonal por mi culpa, su capitán. Puedes decirle mi cabo cuando quieras que yo no soy chismoso.

-¡Gracioso!-dijo el capitán.

-¿Qué vamos a hacer con este imbécil, m… capitán?

El capitán volteó rápidamente y levantando la voz, dijo.

-¿Cómo que MMMM… capitán? ¡hable bien carajo!

-¡Si mi capitán!-contestó en posición de firme el cabo.

Mientras tanto, el escritor esbozaba una sonrisa que se mezclaba con una mueca de dolor, dejando escapar el burlón sonido de una carcajada ahogada.

-A pero ahora somos graciosos, cabo…

-Para nada su capitán, es que me dan gracias algunos problemas domésticos.

Con otro golpe volvió a tirar al suelo al escritor.

El cabo sin pensarlo lo levantó con una expresión de dura indignación en el rostro.

Al abrir nuevamente los ojos, luego de apretar el rostro tras el duro golpe, se encontró nuevamente con aquel rostro inescrutable del capitán.

-Gracias, su cabo.-dijo sin apartar la mirada del capitán, que a su vez, le veía con furia reprimida.

-Cabo, hágame el favor y salga. No permita que nadie entre por esa puerta.

-Si, mi capitán.

-Por las paredes no hay problema.-dijo con sorna el escritor.-

Al salir el cabo, se dibujó en el capitán una sonrisa macabra y quitándose el correaje donde descansaba su arma de reglamento, procedió a tomar un cuchillo que se encontraba en una mesa cercana.

-Ahora me vas a decir todo, imbécil y con respeto.

-Todo no puedo, no tengo tanto conocimiento.

Bastó un solo movimiento para que el capitán abriera, con la punta del cuchillo, una herida en el pecho del escritor. El grito de dolor desgarró las paredes por un momento. La satisfacción del capitán era plena. Ahora se sentía en control.

-¡Vas a decir lo que a mi me de la gana, lo vas a firmar y vas a estar preso, cerca de mi, hijo de puta, hasta que me de la gana!

Alzando la mirada, el escritor dejó ver en sus ojos la furia más básica contenida en su sangre y apretando las mandíbulas con el temblor del odio moviendo su piel, decidió morir.

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