Visión.

Estaba triste, sentado en la banca del parque mirando hacia el suelo. La escena era una postal desgarradora.

Era un niño solitario cuyos labios se apretaban tiritando, atajando las lagrimas que caían suavemente, tan suaves que no producían aún el gemido de pecho que revienta su caída.

Nadie se acercaba.

Le veían a distancia, quizás esperando que alguien se acercara, o el mismo levantara el rostro. Nada ocurrió.

Pasaron las horas y la escena persistía.

Un eventual movimiento de su mano secando su rostro alteraba el cuadro en ocaciones.

Llegó la tarde y la noche apurando al sol se fue llevando la luz. El parque quedó desierto.

El niño respiró profundo, secó nuevamente sus lágrimas y se levantó.

Quedó de pie frente a la oscuridad, aún cubierto de árboles; volviendo a ser hombre, dejando su fragilidad resbalarse en la banca hasta caer en el suelo y bañarse de tierra.

Se echó a la calle derramando su fragilidad para volver a las apariencias que se disfrazan de temple mientras vigila las puertas de una tienda cerrada.

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