Nostalgia

            Hoy llegó como siempre cada quince días. Quince días por decir un número, porque realmente no le llevo tan bien el paso. Vino a saludar, a pasar un rato de ocio, o traída por él, cuesta saberlo. Me trajo un par de cervezas y conversamos como siempre de cualquier cosa.

            Vimos un juego de fútbol, me ayudó a arreglar un poco la casa, limpiarla; salimos a dar una vuelta corta.

            En medio de todo aquello discutíamos acerca de cualquier cosa, desde el punto más absurdo hasta las realidades de la vida que nos llevan a cometer idioteces. Siempre vamos de profundidad a superficialidades a una velocidad vertiginante; a veces hasta bromeamos con eso, pero así nos desenvolvemos naturalmente y el tiempo se nos va con una rápida lentitud que desconcierta.

            Hoy la vi con una nueva luz. Tenía el rostro claro y el sarcasmo a flor de piel; su humor de siempre me recordó al gran Sábato y su sonrisa me hizo dudar nuevamente nuestra amistad.

            Siempre termino sumergido en la duda de su partida, aún más que la que me produce su llegada. Mientras estamos juntos no hay dudas ni pensamientos ajenos a los que nos invaden en esos instantes, mas existe en el ambiente un extraño aroma a incertidumbre indefinible.

            Su voz es suave, con rastros de sabiduría que no van con su edad. Su actitud es siempre tan fuerte y segura que transmite esa confianza a tal nivel que nos sentimos los más grandes intelectuales, poetas, quién sabe si hasta matemáticos.

            Hoy vimos como la lluvia iba y venía. Nuestro silencio, en ciertos momentos, invitaba el sonido de millares de gotas que inundaban nuestra vista a unirse por momentos a la magia del momento.

            Ahora, mientras saboreo lo que queda de mi última cerveza, frente a ella, no termino de decidir si estará al despertarme o se irá con el cansancio de mis ojos mientras quieren morir una noche más.

            Ja… que iluso; nunca ha dependido de mi esa decisión y siempre llego a la misma diatriba. Es esa piedra psicológica que tropiezo sin cesar y que cada vez se aparece con un disfraz distinto buscando la cruel burla luego de cada zancadilla.

            En fin, terminaré la cerveza y, seguramente, dormiré con ella. Si al despertar está me abrazará, si no, me dejará el sabor de un Domingo más entre charlas sin destino e inconclusas discusiones banales.

            El tema está en cuánto tardaré en dormir; si haremos el amor como siempre que viene hasta quedar agotados o nos abrazaremos al ritmo de alguna película que nos reciba en su trama para separarnos por un par de horas del sonido de los grillos.

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